Llama poderosamente mi atención un artículo de la revista "Pesquisa", de la Universidad Javeriana, y que en su número 21 destaca en uno sus informes especiales una aproximación paradójicamente profunda, y a su vez somera sobre la concepción que de pobreza tiene la gente del común, de a pie, del estrato 1 hasta el 6.
"La línea de la pobreza no la trazan solo las carencias materiales" se titula el interesante artículo en el que intentan aproximarse más que a un constructo de pobreza a una sensibilización en torno a la problemática social en la que nos encontramos inmersos en una ciudad cada vez más cosmopolita, y en la que cada vez encontramos una brecha más y más extensa en lo que a condiciones de calidad de vida atañe.
Lo realmente interesante, además novedoso (cualquier otro medio de prensa escrito nos ha hablado de la pobreza, pero no ha mostrado interés particular en esta variable) del artículo en cuestión, es un simple porcentaje del que me valgo y utilizo como andamiaje para discurrir en este momento:
"Un hallazgo interesante es que los entrevistados piensan que las carencias más importantes para la gente no son las de ingresos o las de tipo material. El 74% afirmó estar totalmente de acuerdo o de acuerdo en que las carencias afectivas y espirituales son más graves que las económicas."
Para mí el análisis es simple, y además un correlato de lo que encuentro en consulta, cada vez más existe un interés por los aspectos psicológicos, emocionales y de orden social en la vida individual, encuentro la inquietud e interés de las personas por conocerse, por entenderse y por capacitarse para autoregularse en situaciones cotidianas que hasta hoy día han manejado de manera inadecuada. Hablar de pobreza llama la atención de cualquiera, es un estado, un estigma, una condición degradante ante la cual nadie quisiera sucumbir, pero que desafortunadamente vive entre nosotros, y que de paso nos hace vulnerables a nuevas y peores condiciones y que por su propia naturaleza afecta toda nuestra vida.
Se podría pensar en que no está tan mal si sobrevivimos, si de alguna manera alcanzamos un estandar cómodo o aceptable dentro de un contexto en particular, esta concepción estoica y determinista nos impide soñar con la sublimación integral de nuestro ser, esa falta de querer ontológico se asocia con la pobreza, y redunda afectando directamente nuestra capacidad de crecer, de evolucionar, de hacernos mejores cada día.
El pragmatismo hace que busquemos el placer inmediato, lo que al momento necesitamos pero que no trasciende, que no genera algo diferente a una satisfacción momentánea y que de manera práctica sirve, alimenta, relaja...... que de manera cultural entendemos como bienestar y que en contados casos alcanza hasta para el lujo, nos han envenenado con ideas de que la felicidad puede cosificarse y empezamos a entender que son patrañas.
Valdría la pena hacer el ejercicio de mirarse para adentro, evaluar al detalle nuestras experiencias en busca de la felicidad, no la que nos venden los medios ni la que compartimos con amigos de juerga, la "FELICIDAD AUTÉNTICA QUE SOBREPASA EL ENTENDIMIENTO" y que dota de sentido la experiencia de vivir.
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